Capitalismo y todo lo demás: exterminio y existencia 2/4

Un crimen del tamaño de la humanidad

Es de aritmética elemental que sin vida planetaria no es posible la vida humana. Aclaremos: con todo y sus deleites cotidianos. La ONU, el Pentágono y todos allá arriba conocen al detalle y desde hace años los modos en que la aniquilación de la vida se traduce en procesos sociales de exterminio de la vida humana: toda una espiral de hambrunas, autoritarismo, violencia, guerras por el agua, desintegración de naciones, migraciones masivas, genocidios, conflagraciones nucleares, una decadencia generalizada de la civilización humana. Estas son las consecuencias sociales de la acción capitalista en la naturaleza. Pero no solo privándolo de oxígeno y robándole el agua el capitalismo amenaza al ser humano.

De la humanidad a uno puede no gustarle el racismo, el patriarcado o la guerra. Pero ¿quién o qué cosa loca podría estar en contra del comercio, una actividad tan profundamente humana, necesaria y, no seamos insensibles, hermosa? Al menos en contra del libre comercio y contra toda apariencia, el capitalismo sin lugar a dudas.

A los adalides del capitalismo se les llena la boca pontificando sobre el libre comercio. Por supuesto que en nuestro mundo existe libertad comercial ilimitada para Google, Facebook, Apple, Amazon, Microsoft y poco más en el mercado de las tecnologías de la información. También para Ab InBev y otras pocas en el mercado de la cerveza. De igual forma para Pepsico, Nestlé, Unilever, Coca-Cola y un puñado más en el mercado mundial de alimentos. Lo mismo para Lockheed Martin, Boeing y varias otras en la industria aeroespacial, de las armas, la defensa, las telecomunicaciones y los satélites. Ni hablar de Bayer en la industria de la maldad pura.

Puede que varios de estos nombres no nos sean familiares en absoluto. Esa es la gracia. Son tan grandes que no se les puede ver a simple vista. Tampoco nadie ha visto un electrón pero están por todas partes. Las megacorporaciones también. Son tus llamadas telefónicas y tu internet, son la comida que te comes y el papel con que te limpias, el virus y la vacuna, la producción y el consumo, las armas que destrozan niños desde Yemen hasta Ucrania.

Y que al pez no se le ocurra que juega en el equipo del tiburón solo porque ambos tienen aletas. En nuestro mundo, solo los verdaderos dueños del negocio son los verdaderos dueños del sistema político. Solo ellos se revuelcan todos los días con los organismos que regulan y legislan sobre el comercio: los gobiernos, el FMI, la OMC y el Banco Mundial entre otros. Entre el lobby y la puerta giratoria la revolcada es diaria. Si eso no te convence, pregúntate cuánto vale una campaña política al senado o a la presidencia.

Engendrar monopolios y oligopolios es propio de la naturaleza del capital. Es el resultado inevitable de la interacción entre el afán de lucro infinito y la competencia en las condiciones adecuadas. Junto a las elites financieras, más oscuras aún que la materia oscura, las megacorporaciones controlan el comercio mundial. Ellos son el poder supremo del mundo capitalista, la mano invisible, los dioses del capital: omniscientes, omnipresentes y todopoderosos. En cambio, las manos visibles son por ejemplo las fragatas y portaaviones inglesas y norteamericanos cuya sola presencia frente a cualquier puerto comercial ha servido históricamente para hacer cumplir las leyes del libre mercado para las compañías de esas nacionalidades.

A los campeones del capitalismo también se les llena la boca señalando todo lo que ha nacido de la humanidad en los últimos 500 años como victoria del sistema que defienden. Según ellos la ciencia es hija del capitalismo. Poco le ha faltado al señor Harari para sugerir en su libro Sapiens que remplacemos nuestra admiración por Galileo, Darwin y Einstein por monumentos “a la buena disposición de gobiernos, empresas, fundaciones y donantes privados que han donado miles de millones de dólares a la investigación científica.”[1]

Y la verdad es que de la enorme riqueza monetaria generada por el capitalismo se redireccionan de buena gana recursos hacia la investigación científica. Eso si es que existe la expectativa de un adelanto tecnológico que permita reducir costos, acelerar el proceso productivo, remplazar con máquinas a los empleados o desarrollar nuevos productos que el consumidor necesitará urgentemente desde el momento en que los vea por televisión.

La ciencia en el mundo capitalista solo puede resultar en modos más intensivos tanto de explotación de la naturaleza y de la humanidad como de domesticación de los individuos.

Cuandoquiera que hay cesión de recursos hacia ese empeño humano por comprender el mundo al que llamamos ciencia, esto ocurre como consecuencia de lógicas ajenas al capital incluyendo muy a menudo fuertes presiones sociales para que la riqueza acumulada sea redistribuida. Al sistema y al modo de vida que llamamos capitalismo no le interesa la ciencia. La ciencia ficción por mucho.

Como la ficción – cuentos chimbos, más bien – que ha cultivado toda un aura científica alrededor de ricachones como Bill Gates y Elon Musk quienes han hecho fortuna apropiándose de tecnologías desarrolladas por otros que sí son científicos. Tal es la gran habilidad de un capitalista: lo que no puede robar lo compra.

La ciencia, que es patrimonio de la humanidad entera, es apropiada por el capital y sometida a su servicio. Aquello que no parezca lucrativo que se aparte del camino o desaparezca. El arte y la filosofía son inútiles para el capital. Sus lógicas son contrarias, sus tiempos son otros. Entre un obrero artista y un empleado filósofo se tiran cualquier negocio. Por eso la filosofía, las humanidades, el pensamiento libre y crítico así como incontables expresiones artísticas y tecnologías alternativas sobreviven a duras penas bajo el capitalismo.

El capital no solo busca funcionar a lo grande sino también en serie. Y el arte es el empeño por lo fuera de serie. Por eso al arte el capitalismo opone el negocio millonario del chiste flojo y fácil que viene contando y multiplicando desde Duchamp, cualquier videíto, cualquier chicle pegado a la pared, su propia basura hecha arte por el acto de ponerla entre cuatro paredes blancas y cobrar a la entrada. Eso más el resto de industrias del espectáculo: la de la película reencauchada tantas veces que huele a llanta quemada y la de las canciones que son todas ecos de los éxitos de Michael Jackson con la misma pirotecnia y la misma coreografía.

Al fin de cuentas la uniformidad facilita la producción y el intercambio. Por eso el mundo capitalista está lleno de monocultivos, lotes de mercancías amontonados en los puertos, casas igualitas, modas que uniforman, todo así hasta el infinito. Es un mundo de cosas idénticas que no paran de replicarse. En el laboratorio, en la fábrica, en la oficina y en el mundo del espíritu humano el capitalismo extermina la diferencia.

Por supuesto, la uniformidad es necesaria para todo tipo de procesos industriales. El problema es que el capitalismo no se contenta con industrializar los objetos materiales. Hay que ver cuál es la diversidad que tiene que morir para que la uniformidad viva. Si la humanidad existe, existe como diversidad de culturas, sociedades – humanidades, podríamos decir con Krenak el filósofo. Si existe, la humanidad es una pluralidad de lenguas y lenguajes, cosmogonías y epistemologías, saberes, tecnologías propias y modos de ver el mundo que a duras penas han logrado sobrevivir 500 años de insaciable colonialismo europeo, 200 años de capitalismo industrial y que seguirán siendo aplastadas por sus lógicas. Esto es exterminio.

El exterminio puede ser directo y brutal con fines de explotación de mano de obra o de recursos. O puede ser sometimiento y homogeneización con fines de mercantilización, fetichización y apertura de mercados. Sea como sea, el capitalismo destruye lo que no tiene como entender. Peligra particularmente todo lo que no es comercializable como sexy y cool, lo que no habla inglés y lo que no es rubio ojiazul. El capitalismo es una creación europea, al fin y al cabo.

Cada día que pasa muere el último habitante de un pueblo ancestral, se acaba una tradición, se abandona una tecnología milenaria o se habla una lengua por última vez. Nos hacemos más simples, más pobres como humanidad, nuestro olvido se hace más grande. Todo lo existente no capitalista se ve amenazado por la voracidad del sistema y sus lógicas implacables. Porque para que el capital viva todo lo demás debe morir. No solo es contra natura, también es antihumano. El capitalismo es un crimen del tamaño de la humanidad.


[1] Yuval Noah Harari, Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Penguin Random House, Barcelona, 2018, p. 301.

Amaranta Carujo