Voliar carraca
“Voliar carraca” dice mi papá. Vuelve a la casa después de darse una vuelta por el pueblo y dice “me encontré con tal y le volié carraca, eso se carcajeaba”. Se refiere a hablar con profusión, hablar mucho. Dice él que también usaba esa expresión mi abuela que nació en San Antonio, sur del Tolima en 1915.
Claro que uno puede voliar casi cualquier cosa. Digo voliar porque me refiero a su uso coloquial aunque formalmente la palabra es volear. Pero un campesino tolimense de alpargata y machete es mucho más aerodinámico que la Real Academia de la Lengua de donde sea. En comparación, volear es solemne y aparatosa mientras que voliar es ligera, se escabulle fácil de los labios y toma vida propia.
Probablemente el uso original del verbo voliar haya sido en la siembra “al voleo” en la que el agricultor avienta puñados de semilla al aire. Ahí, voliar manifiesta con precisión el carácter aéreo de la acción y su sentido de abundancia.
Aunque uno puede voliar muchas cosas, hay elementos de la vida cotidiana que se ajustan particularmente bien al verbo. Así es que voliar machete, voliar pata y voliar chancleta fácilmente proyectan imágenes de muchos chancletazos, muchas patadas y muchos machetazos atravesando el aire. Los frutos del lenguaje ocupando el espacio.
“Las palabras se las lleva el viento”, dice la gente con cinismo o desconfianza. Y sí, la voz es aire. Con labios, dientes, lengua y cuerdas vocales cortamos en pedazos y pedacitos esos aires que vienen del pulmón, los articulamos, les damos formas, tonos, timbres, intensidades, agudeza, gravedad, nasalidad y en el minúsculo acto final las expulsamos – las voliamos, si se quiere – de nosotros para agitar el mundo de afuera. No me atrevería a decirlo en un funeral pero estrictamente todas las palabras son de aliento.
Las palabras, como cualquier otro sonido son perturbaciones que se propagan en ondas por el espacio. El ruido que se produce al raspar la mandíbula seca de un animal, de un burro por ejemplo, puede ser algo como crrc crrc crrc. Tiene sentido entonces que carraca designe la mandíbula seca del asno que se usa como instrumento de música popular. Es una palabra tosca que suena a rascar, a rasca y a carranchín, las antípodas de clase de la comezón, la embriaguez y la alergia.
Además, por su obvia relación con el burro, carraca es una palabra innoble y populachera. La entrada de Jesús a Jerusalén sobre el asno le habrá conferido humildad al hijo de dios pero en dos mil años no ha levantado al pobre animal del lugar abyecto que ocupa en la imaginación humana.
Pero es que ni mandíbula ni quijada suenan tampoco con nobleza. Un galán de novela del siglo XIX podría tomar a su amada del mentón, acariciar su frente, posar delicadamente los labios sobre boca, sienes o mejillas. Pero difícilmente contempla su mandíbula o la toma de la quijada. Suena brusco. Si la quijada fuera digna y enaltecida el famoso hidalgo no se habría apellidado Quijano ni habría sido descendiente de un tal Gutierre de Quijada y la novela se habría llamado cualquier otra cosa menos El Quijote.
Tan plebeyas como carraca pero de uso mucho más extendido son mascadero y mascayuca, muy recurrentes en amenazas de bofetada: ¡le volteo ese mascayuca! o ¡juemadre, pero le volteo ese mascadero! En ambos casos se alude directamente al maxilar y su función mecánica, es decir que la amenaza pesa sobre la capacidad de la víctima para masticar y alimentarse.
Mientras que el mentón es delicadeza y se le asocia a la sabiduría –El Pensador de Rodin es el ejemplo más obvio–, la quijada, que en últimas es hueso, tiene mucho que ver con la tracción necesaria para masticar la comida como para que se le enaltezca, es demasiado mecánica para asociársele al habla que es una actividad de movimientos más bien sutiles. Referirse a esta actividad como voliar carraca pareciera envilecerla.
Hace algunos años, en Popayán, un vendedor de chicharrón que me quería de cliente me hacía señas desde el otro lado de la calle. Recuerdo el cuidado en el gesto, la mano al lado de la comisura como en tubo, abría grande la mitad de la boca cerrando el ojo como si masticara trabajosamente. La poesía está en la calle.
Quizás sea porque una reducción considerable del tamaño de la mandíbula hizo parte del proceso evolutivo del sapiens que una quijada grande es comúnmente asociada con animalidad. Y por ahí cerquita, gruesa y ojalá cuadrada, sugiere además virilidad. Casi no hay caricaturista que no dibuje a los militares con quijadas cuadradas y destacadas como las de Mussolini y Massera.
Las mandíbulas se asoman a la historia cuando son extrañas o muy vehementes. Sabemos de ellas cuando están cargadas de anomalía. Son célebres las quijadas protuberantes de la casa de Habsburgo, en particular la de Carlos II (1661-1700), el último de la dinastía que gobernó España y sus dominios antes de los Borbones.
Si no son anómalas las que recordamos, entonces es que ha habido sangre. La quijada de Robespierre, por ejemplo, el jacobino. Había sido el hombre más poderoso durante los meses del terror (La Terreur)de la Revolución en que la guillotina largó sobre Francia un aguacero de cabezas humanas. Los excesos de su propia paranoia revolucionaria lo terminaron desgraciando. El 27 de julio de 1794 cuando fueron a arrestarlo, Robespierre intentó suicidarse de un tiro en la boca. Lo que logró fue destrozarse la mandíbula y pasar las últimas horas de su vida atormentado por el dolor e inhabilitado completamente para el parlamento. Robespierre se había volado la carraca y la guillotina fue su alivio.
Menos grave fue la herida que sufrió Tomás Cipriano de Mosquera en la batalla de Barbacoas cuando enfrentaba al indio realista Agustín Agualongo en 1824. Tenía 26 años y un porvenir cargado de tanto poder como solo un puñado de apellidos en Colombia pueden asegurar cuando un disparo le voló parte de la mandíbula con todo y dientes. Le pusieron una prótesis metálica que le dejó el discurso afectado con un sonido extraño de por vida por el que fue apodado el Mascachochas. Claro que si uno dice mandíbula, nadie en Colombia se va acordar de ese que fue presidente cuatro veces sino del de Sábados Felices.
Hay algo en la quijada como tal, humana o animal, así no se le llame carraca, que remite inmediatamente al jumento.[1] Si la Biblia dice que con una quijada de burro Sansón mató a un millar de filisteos, entonces durante varios siglos la quijada y el burro han estado circulando juntos en la imaginación de millones de cristianos.
En mi época de colegio llamábamos Burro a un compañero de quijada pronunciada. Las chicas, en cambio, le decían Burrito. Solo de los reinos animal y animalesco los apodos de mi pueblo incluyen pulga, cucarrón, mosco, moto-ratón, gata y porre-gata, coneja, pate-pisco, pájaro y pajarito, pollo, mascota, tigre y tigrillo, pantera, tortugo, sapo-parao, gallo-basto, palomo, perra-zorra, cabro-arrecho, ternero, un mico que también era piraña, Chita, mano’e-mica, media-res, los ositos, los cachalotes, los chulos, buitres, cóndores y condoritos. La lista está lejos de ser exhaustiva pero ninguno es tan extendido como Burro. Yo nada más, y eso es poco, sé de casi una docena de personas diferentes a los que llaman, llamaron o llamaban Burro en mi pueblo, mi hermano, un primo mío y su papá incluidos.
Los llaman así por herencia, como en este último caso, por mandíbula destacada, por un tamaño supuestamente notable del pene, o por alguna de las dos ideas que el animal representa de modo más ordinario: el burro es símbolo de cognición reducida y de trabajo duro.
La presencia del animal en la imaginación popular es significativa porque simboliza dos características muy expresivas de la autoimagen nacional – al menos en el altiplano – firmemente aseguradas en la tradición judeocristiana: que somos muy trabajadores pero cortos de luces.
Que la gente aquí trabaja mucho, de eso no cabe duda. Madruga, sale a trabajar tempranito, es juicioso, hace lo que le digan, se esfuerza, no se sindicaliza para que no lo corten en pedazos, si lo echan se la rebusca, nunca se rinde, es echao’ pa’ lante, berraco y le pagan una miseria que le tiene que alcanzar para ayudar a mantener el negocio sucio de las ep-eses además de pagar los impuestos que a los dueños del país no les gusta pagar.
Nadie diría, por otro lado, que la educación, la razón y la ciencia son precisamente constitutivas de nuestra cultura popular o de nuestra identidad nacional. Muestren el inventor, el descubridor o el científico. Eso sí, si resulta que hay algún colombiano trabajando para la NASA la propaganda periodística se encargará de revolcar el patrioterismo pueril de los ciudadanos. Celebran el hecho evidente de que no hay lugar para la ciencia en nuestro país.
Hay que ver en cambio la producción cultural de masa construyendo personajes en los que se identifica al colombiano de a pie, al común, al de ruana: Pedro el Escamoso, La Pena Máxima, la saga de El Paseo, por donde se le mire se llega a Dago García. En sus telenovelas y películas se dibuja y se repuja una y otra vez el mismo mamarracho: un individuo absolutamente convencional, de pueblo, de calle y de familia, bonachón, correcto aunque medio malandro, pero sobre todo de pocas luces y palurdo hasta el ridículo. Todas estas son características que el que monta el burro quiere que tenga el burro que monta.
Pero voliar carraca no significa en modo alguno decir burradas. Tampoco es hablar paja. La expresión se revela en tres capas sucesivas de sentido que consecutivamente afirman nuestra animalidad y corporeidad, nuestra capacidad para articular discurso y finalmente la palabra ociosa y plebeya.
Como acto mecánico, voliar carraca sugiere en primer lugar actividad maxilar en abundancia como comer chicharrón o masticar chicle. Aquí incluyo la función prácticamente mecánica de un muñeco de ventrílocuo que volia carraca con vehemencia sin decir nada en tanto que su maestro no la mueve pero sí dice. Eso o rezarse un rosario con sus cincuenta avemarías, sus cincuenta santamarías, sus cinco padrenuestros y el reguero de letanías que acompañan todo lo anterior, voliar camándula.
Como acto del habla, voliar carraca ya no sugiere sino que significa hablar en abundancia. Puede ser hablar paja pero también puede ser un simposio de doctores sobre las diminutas cosas en las que son especialistas los doctores. Puede ser voliar labia con fines sociomorboarrechoafectivos pero también el atropello diario y grosero a la razón de los locutores de Tropicana y los opinadores de Blu Radio. Todo eso es voliar carraca porque la expresión no refiere en absoluto al contenido de lo que se habla, apenas señala abundancia.
Como ejercicio popular de la palabra ociosa, voliar carraca es una afirmación de la conversa libre e informal. Aquí ya no caben interlocutores acomodados en finos poltrones de cuero en espacios de mármol y vidrio. Se volia carraca es sobre un bulto de papas, echando aguardiente en una tienda – el favorito de mi papá – o sentado en el andén. En este, el sentido más preciso de voliar carraca, se encuentran su naturaleza desvergonzadamente popular, su capacidad para expresar abundancia y su carácter aéreo. Más que dejarse llevar por el viento las palabras se expanden por el espacio. Una vez liberadas del cuerpo que las concibe, toman vida propia así como en una conversación libre los temas se suceden, se mezclan, se silencian y se retoman. No se volia carraca poniéndole límites formales al discurso, no se busca una utilidad, no son 20 minutos cronometrados. Voliar carraca no es un intercambio formal con fines de decisión oportuna y precisa. Es la palabra por la palabra misma en la cafetería, la calle y la plaza de mercado.
Lo abundante y lo aéreo convergen, es decir, se descubren mutuamente, en lo diverso. Voliando carraca difícilmente la gente se quede más de 15 minutos en un solo asunto. En su lugar, los interlocutores experimentan el mundo juntos rememorándolo, describiéndolo, opinándolo, presagiándolo, contando historias, inventándose cuentos y alternando entre chiste y chisme.
Lo hacen porque hablar libera. Hablar libera y ser libre es hablar en libertad. Porque es etérea y volátil, en la palabra ociosa se cultivan comprensiones autónomas y creativas de la realidad que parten del mundo que tenemos a la mano para arrojarnos a lugares nuevos y a otros mundos. Todo esto aunque en apariencia la conversa sea inútil, postergable y desgobernada. Al fin y al cabo, no todo tiene que ser abismos existenciales, problemas planetarios, guerras y bajezas humanas. También es importante prestar atención a los ritmos del pensamiento, preguntarse por los modos de decir las cosas, descubrir el mundo en pequeños fragmentos y meterle sentido a todo. No hay cosa que exista que no merezca atención.
[1] Al menos en español. En inglés podría remitir al tiburón y en portugués al ratón. Nos importa mucho menos que para hispanoparlantes y lusoparlantes que aprenden francés e italiano, la mantequilla pueda terminar adquiriendo cierto saborcito a burro.