Capitalismo y todo lo demás: exterminio y existencia 4/4
El triunfo del capital
En su infancia, así como en su periferia, el capitalismo es un fenómeno comercial y un modo de producción. Puede incluso ser contenido de la controversia política. Pero en el mundo postindustrial, allí donde está firmemente establecido, incluso comprenderlo como modo de vida es insuficiente. Es prácticamente la existencia misma. Su victoria sobre la sociedad es tal que ni siquiera se le nombra, su triunfo sobre el individuo es tan completo que este es incapaz de observar fuera de la ideología. Al individuo le es imposible señalar los límites del capitalismo y concebir la posibilidad de un mundo alternativo. Para él no hay antes, ni después, ni lugar no capitalista, alienación en su máxima expresión.
El individuo alienado continúa siendo un organismo vivo que sangra, respira, se alimenta y depende de la naturaleza. Continúa siendo un ser social que se halla en algún lugar del complejo de relaciones históricas, sociales, económicas y culturales que constituyen la humanidad. También continúa siendo un universo en sí mismo, irrepetible y efímero.
De esto nada sabe el alienado o no le importa. Lo que hace el capitalismo como sistema productivo y modo de vida, su ideología, su tecnología, su propaganda y el estado que le sirve es ocultar, tergiversar y mediar en las relaciones del individuo con su mundo. La mediación es mefistofélica. Por el precio de todo lo necesario para vivir y vivir en sociedad, ofrece al individuo un mundo de artificios tóxicos, pensamientos prefabricados, espejismos de libertad y comida que redobla el hambre. En todo esto le arranca el milagro de su propia existencia, le quita su tiempo, su vida, su salud, su responsabilidad y su voluntad. También le arrebata cualquier posibilidad de libertad que no venga con código de barras y descuentos especiales y que le ha sido quitada a otros por la fuerza.
Todo en la cotidianidad de la sociedad postindustrial sugiere emancipación y superioridad sobre el mundo de la vida. Se vive bajo la impresión de que la naturaleza es una cosa que de pronto pasa los domingos. Para encontrarla hay que buscarla después del trabajo. El individuo desnaturalizado solo mueve los dedos en el celular y mágicamente aparece la comida, prefiere el agua envuelta en hidrocarburos refinados, le da asco la leche materna y si mercantilizan el aire que respira entregará sin parpadear lo que le pidan.
Aun cuando la riqueza capitalista es un mundo creado y acumulado por el trabajo y la creatividad de millones a lo largo de generaciones, despojado por el 1% y cuyo resultado más importante es la destrucción del planeta mismo, cuando el alienado piensa en fuentes de riqueza, imagina criptomonedas, Wall Street, las mágicas piernas de Messi o el culo de Jennifer López. Es el ocultamiento del origen del valor.
Donde el capitalismo triunfa la sociedad se diluye. Cuando el sistema alcanza su plenitud social, la familia, el vecindario, la vida comunitaria y otros tipos de asociaciones, se disuelven. Los signos de la armonía capitalista en el espacio son hermosas calles vacías, cuadras sin niños y ancianos sin visita. Ya ni siquiera el centro comercial.
El capitalismo realiza la pesadilla tradicionalista del fin de la familia o al menos la reduce a sus mínimos vitales. En su epicentro, la palabra “vecino” es tan arcaica como “solidaridad”. Cuando el capital completa su apropiación, cosificación y mercantilización del individuo, este se recluye, pareciera que cesa de existir en sociedad, que vive en un mundo de artificio que lo vigila día y noche.
Bien arriba no necesitan ya ni de la policía; las cámaras, los muros, los perros, la vigilancia privada y las alarmas, pero sobre todo la segregación, cumplen las funciones policiales. Pueden pasar años sin que el ciudadano del núcleo capitalista pise la calle; el carro y el internet no son herramientas y ni siquiera extensiones del yo sino al contrario.
Abajo, en cambio, y en la periferia, si el espacio está vacío de gente es porque en verdad no hay gente, no porque esté escondida. Se habrán ido en busca de oportunidades. Los que quedan sobreviven juntos porque allí donde las formas sociales y culturales del capitalismo son todavía rudimentarias la gente aún se necesita para vivir. En cambio, en las entrañas del capitalismo nadie se necesita, todos se bastan a sí mismos. Se les puede señalar desde afuera y decir: han perdido el alma.
El consumo aísla más que el trabajo. El carro, el Netflix, las redes y el porno son más poderosos que el cubículo y los horarios de esclavos. El sistema necesita consumidores compulsivos que compren lo que sus trabajadores competentes y sometidos producen. Compulsivos y domesticados porque no se trata solamente de que uno cambie de celular cada seis meses y coleccione tantas tarjetas de crédito como pueda. También se trata de consumir justamente aquello que el sistema es capaz de producir en las formas en que es capaz de producirlo.
Por eso el consumidor ideal pone el grito en el cielo por una peca en el tomate y se escandaliza ante un banano ligeramente fuera de forma. Es un mañoso, un resabiado pero no sabe nada del origen de lo que compra. Nada lo aterra más que un desperfecto, rechaza lo fuera de serie, ama comprar cosas perfectas, brillantes e inmaculadas y adora los prados milimétricamente mantenidos de los suburbios norteamericanos y los jardines y paisajes fictis de la cultura capitalista. En eso resultan los niños que nunca supieron a qué sabía la tierra y eso engendran los millones de dólares que día tras día son evacuados por las actividades productivas hacia la publicidad que en su conjunto tiene por objetivo fundamental que la gente viva para comprar.
La otra cara del consumidor compulsivo y domesticado es el ciudadano bien comportado y discretamente ingenuo que disfruta de un estado altamente sofisticado, prácticamente libre de filas, que le ofrece tanta justicia, salud, educación y cultura como pueda pagar, que lo mima y lo consiente y que le concede la libertad que le ha robado a otros. En su presencia, la personalidad brutal y autoritaria del estado permanece oculta. Eso solo para los inmigrantes, las barriadas, las posesiones de ultramar y otras periferias del capitalismo. Al ciudadano de primera clase le es difícil no hacer la vista gorda frente a los crímenes, pasados y presentes, que sustentan su modo de vida. En general, el consumo y la comodidad son suficientes para mantener la moral adormecida. Pero peor son el chovinismo y el racismo diariamente martillados por los más sofisticados aparatos de propaganda.
El corazón del capitalismo es el corazón de la propaganda, una máquina gigantesca de lavado de cerebro. La publicidad, que junto a la industria cultural y la mitología liberal se solapan y se confunden para solapar y confundir, no vende apenas productos. Entre todas venden las mentiras de los gobiernos y sus fuerzas criminales, los modos sexis de sentarse y de mirar a lo lejos y los valores morales que permiten reproducir la sociedad capitalista. Se exaltan particularmente el egoísmo, la idiotez y el culto al dinero. Un modelo que se vende bastante es el de estoy de cuello blanco muy ocupado, ocupadísimo, mucho trabajo, no falta el trabajo, duermo cinco horas, yo tres, reuniones, llamadas, la agenda llena, soy importantísimo, soy el Dr. Mucho Muy Importante.
Para el individuo cautivo por la ideología capitalista no tener vida es un símbolo de status. En comparación con el vulgar operario que necesita que lo espueleen y lo pordebajeen, el trabajador de cuello blanco es altamente sofisticado. Él por sí mismo es capaz de trasnochar, amanecer, dormir en la oficina, sacrificar el amor y destruir su cuerpo. Trabajar hasta colapsar.
Cualquiera diría que este modo de vida, al que abiertamente podemos llamar occidental, moderno y capitalista es individualista. Nada más alejado de la realidad. Individualista es alguien con actitud independiente. Y eso es contrario a la sumisión. Por el contrario, en el corazón del capitalismo los individuos son más interdependientes y sus consciencias más intersubjetivas que otros cualesquiera en la historia de la humanidad. Es un mundo denso de relaciones sociales e interconexiones tecnológicas. El capitalismo no es un modo de vida individualista. Es cabalmente aislacionista y antisocial. Es una máquina de producción de individuos aislados, enfermos, embrutecidos y bajo control.
¿Qué le queda a un individuo que no sabe dónde está parado? La comida ultraprocesada que las megacorporaciones le embuten por la boca lo enferman, la medicina que necesita no lo va a curar porque las farmacéuticas quieren su dinero, la propaganda y el sistema político lo quieren idiota. No tiene capacidad para entender su propia angustia, si está exasperado se desquita con otro más vulnerable que él, ni siquiera sus deseos le pertenecen pues son otros los que desean por él. Se ha perdido a sí mismo.
Pero se cree libre y considera que tiene su vida bajo control. No está ni tibio. Es él quien está bajo control. Sometido trabaja, sometido va al supermercado, ve la televisión y sale a votar. Está sometido en un mundo que él mismo, obligado o seducido, ayuda a construir todos los días. Un mundo como otros mundos, con sus propias leyes, tendencias y singularidades, que le pertenece a otros, un mundo privatizado que trabaja sin descanso por el afán de lucro infinito para unos pocos y dominado por unos pocos gigantes tecnológicos, medios de masas, grandes farmacéuticas, elites del agro-negocio, monstruos petroleros y todo el resto.
Para existir el mundo capitalista necesita tomarlo todo, abarcarlo todo, destruir los mundos no capitalistas. El verde mundo azul, el de la vida, los paisajes y las cosas que sienten debe ser sacrificado en la sexta extinción masiva de la historia planetaria para que unos pocos tengan fortunas obscenas que ellos mismos son absolutamente incapaces de disfrutar. Y el mundo de las cosas humanas, pavoroso y alucinante, el milagro de nuestra propia consciencia, nuestras historias y culturas, nuestras estremecedoras diferencias y contradicciones, debe ser homogeneizado y controlado por los pocos dueños de todo; el capitalismo toma el mundo humano, multiplica el horror y nos vende su hermosura.
Es posible que sea tarde y todo esté perdido. También es posible que sobrevivamos. ¿Sobreviviremos? ¿Sobrevivirá el triángulo existencial naturaleza humanidad individuo? De muchas formas el capitalismo aniquila los tres. Por eso no existe para la humanidad, ni ha existido nunca, un problema más urgente y amenazador que la destrucción de todo lo que es vida y naturaleza, todo lo que es cultura y sociedad y todo lo que es el individuo y su libertad. Es decir que no existe esfuerzo más importante para el ser humano que el de su liberación del capitalismo.