La comunión del odio Dos cultos políticos contemporáneos
Al acecho y al ataque
Cuando al acecho de los antílopes que pastan en la sabana, las grandes fieras africanas se ocupan muy bien de determinar cuál de todos los individuos de la manada será cazado. Enfermos, lentos, débiles o heridos se encuentran entre las opciones más obvias. No es muy diferente a la lógica que hace que más fácilmente nos enfermemos cuando estamos maltrechos emocional o afectivamente. El indefenso es presa fácil.
Es también así como la gente termina envuelta en relaciones tóxicas o sometida por sectas, cultos y charlatanes de todo tipo. Agotadas por la enfermedad, acosadas por la miseria, huérfanas de conocimiento o destruidas por los vicios, las personas buscan desesperadamente lo que sea que les hable de renacimiento, resurrección, salvación o segundas oportunidades. A mayor desesperación mayor indefensión.
Trumpismo y bolsonarismo – el segundo es un calco del primero – son dos cultos políticos contemporáneos que tomaron forma en 2016 y 2018, sacudiendo con violencia el mundo político y contra todo pronóstico convirtiendo a sus jefes en gobernantes de los dos países más poblados del hemisferio occidental. En Estados Unidos 63 millones de personas y en Brasil 58 millones tomaron la decisión de ser gobernados por dos psicópatas. Son números muy grandes. Caben ahí complejidades y contradicciones entre lo religioso, lo racial, lo afectivo, los intereses de clase, etc. Estos cultos políticos son un desafío al sentido común.
En el trumpismo y el bolsonarismo confluyen el autoritarismo, el racismo, el clasismo, el chauvinismo, el fascismo, el militarismo, la misoginia, la homofobia, la xenofobia, el fetichismo de las armas de fuego, el ruidoso y orgulloso ¡seamos todos idiotas! y el desprecio por la naturaleza más profundos. Todo un diccionario político de aberraciones. Ambos son expresión de diversos miedos y negaciones: al cambio – así, a secas, a la globalización, a lo no convencional, a la inteligencia humana.
Ni Trump ni Bolsonaro se inventaron nada de eso. Ellos apenas irrumpieron para juntarlo y confundirlo todo, removerlo y potencializarlo al máximo en una comunión del odio. “Irrumpir” es una manera de ponerlo porque el uno era un famosillo hacía largo tiempo y millonario desde antes de nacer que llevaba varios años tratando de meterse en política desde lo alto. El otro por su parte tenía ya tres décadas en la Cámara de Diputados del Brasil cuando empezó la campaña 2018.
Ellos estaban ahí, misóginos, homofóbicos y racistas desde siempre. Solo que imaginárselos de presidentes era cosa de payasos. Tuvieron que formarse condiciones históricas muy especiales para que eso que era risible e imposible se hiciera gobierno para más de 500 millones de personas. Entender el momento de la eclosión de estos cultos políticos es una forma de entender su naturaleza.
El presidente de los racistas sucedió al primer presidente negro en la historia de Estados Unidos (2009-2016). El más fanático misógino y anticomunista de Brasil solo fue posible después del primer gobierno de origen popular – el del Partido de los Trabajadores (PT) (2003-2016) – y como acto final del golpe a Dilma Rousseff, primera presidenta en la historia del país.
A los racistas norteamericanos no les hizo gracia tener que llamar presidente a un negro que para colmo se apellidaba Obama; minusválidos cognitivos que son, les pareció que algo tendría que ver con Osama (bin Laden). Tampoco les hizo gracia a los patrones y militares brasileños ser representados por Lula, un operario que nació en el hambre y Dilma, una víctima de sus torturas de la época de la dictadura. Antes que todo, trumpismo y bolsonarismo son una reacción política desde lo alto.
Ambos predaron profundo en sentimientos de indignación, decepción y humillación previamente existentes en el electorado manufacturando a su vez otros nuevos. Manipulados por el marketing, los electores norteamericanos habían votado por Obama convencidos de que sería un presidente para la gente ¿cómo podía serlo si pertenecía a los bancos? A tal punto las políticas económicas de los tan progresistas demócratas se habían hecho indistinguibles de las de los tan conservadores republicanos, que muchos de los electores de Obama se terminaron yendo con Trump.
En Brasil en cambio, el Partido de los Trabajadores de Lula sacó a millones de la pobreza, creó universidades y produjo bienestar social como nunca en la historia. Pero al final les fue mejor a los bancos y al empresariado. El PT contribuyó al desarrollo del capitalismo, con todo y su cultura, con todo y sus valores – la nueva clase media brasileña, la llamaban con emoción hace unos años – como ningún presidente liberal había logrado antes. Después vino la crisis económica y muchos nuevos clase media tuvieron que volver a raspar la olla como hacían antes. Las jornadas de junio de 2013 y la indignación contra la Copa Mundo de 2014 y las Olimpiadas de Rio 2016 eran síntomas de un claro distanciamiento entre el Partido de los Trabajadores y el pueblo trabajador.
A la gente le gusta decir que lo último que se pierde es la esperanza. Pues cuando la esperanza se perdió, ganamos a Trump y a Bolsonaro.
¿Quién no ha escuchado historias de perdidos y desesperados que un día encontraron redención y conversión en cualquier Iglesia Ministerial de los Últimos Días del Avivamiento en el Garaje del Séptimo Cielo y Viva en la Gracia con el Fuego del Nombre de Nuestro Señor? Alcohólicos que por fin dejan la bebida, desordenados que se organizan, fracasados que triunfan, chuecos que se enderezan, desarreglados que se arreglan, gente que finalmente le encuentra el sentido a lo que no lo tiene.
Con su charlatanería, Trump no solo enredó a los ninguneados de siempre que sueñan con fama, riqueza o sobrevivencia. Las tropas trumpistas y bolsonaristas por ejemplo están llenas de viejitos y viejitas que fueron presa fácil por la misma razón que son blanco preferido de los estafadores que llaman desde la cárcel. Y por lo mismo estos cultos están llenos de deficientes intelectuales y analfabetas de todo tipo, de los distraídos y enganchados a la cultura del espectáculo y del jet-set, de gente dominada por el miedo y la incertidumbre, de los que han sido rechazados y matoneados por feos, aislados, sexualmente insatisfechos, malculiados, desesperanzados y desesperados. El tipo de gente que siente que el mundo le ha dado la espalda. A los que les hizo falta amor, les sobrará el odio. Por eso le prendieron fuego a la casa. Se trataba literalmente de mandarlo todo a la mierda.
El odio es ese lugar mugriento donde revolcamos la rasquiña de nuestras peores miserias y debilidades. Millones de los que hoy son trumpistas y bolsonaristas estuvieron ahí desde siempre, vecinos misóginos, primos racistas y amigos homofóbicos con sus chistes puercos y sus comentarios incómodos. A eso que apenas nos hacía torcer los ojos solo le faltaban las condiciones correctas y el líder adecuado para juntarlo todo de nuevas y poderosas maneras. Abrazados en el rencor, quieren destruir lo que les ha sido negado. Quieren meterle candela a todo y que nos quememos juntos en el fuego del odio.
Hoy en día es posible seleccionar con altísima precisión los miembros más aislados de la manada, los más desesperados del segmento social, los más distraídos. Cualquiera puede hacerlo a pequeña escala con una cuenta de Facebook. Gracias a la complicidad de Mark Zuckerberg, los servidores de Trump pudieron acechar la manada a gran escala para luego saltarle encima con macrodatos, algoritmo, bots, noticias falsas, burbujas epistémicas, inteligencia artificial, marketing y videítos. Un culto político ultramoderno diseñado con tecnología de punta.
¿Quién no está en busca de sentido?
Sectas y cultos ofrecen narrativas insólitas del mundo que desafían el sentido común. Cuando un nuevo miembro entra, le está dando la espalda a la realidad – o a los modos convencionales de verla – comúnmente compartida con el resto de los humanos.
Los renacidos en Trump por ejemplo, creen entre otras que un pequeño círculo de vampiros alienígenas pedófilos comunistas homosexuales judíos dominan el mundo a través de Hollywood, la prensa y el Partido Demócrata, que la Tierra es plana, que la nieve y el calentamiento global son pura mentira, que a Jesús (el nazareno) le fascinarían los rifles de asalto, que nunca existió el Covid19 y que la esposa de Barack Obama es hombre.
Cada disparate inocuo que sale de la retorcida mente de Donald Trump es un bloque más que conforma la realidad paralela en la que sus seguidores habitan. La incansable verborrea del líder es no obstante insuficiente para saciar el hambre de su rebaño. Estamos hablando de gente que puede pasarse el día entero buscando y creando teorías de la conspiración en internet.
El cerebro de un conspiranoico está modificado para observar el mundo como una conjuración grandilocuente. Cada fragmento de realidad que entra en su mente es transformado en prueba irrefutable, no hay nada que no sirva para alimentar su convicción absoluta de que el mundo es una gran mentira, un gran engaño.
Están buscando explicaciones. Al fin y al cabo son humanos ¿Quién no está en busca de sentido? Estas recuas de mulas solo están demasiado embrutecidas por la cultura de la estupidez, del espectáculo y las redes sociales como para entender de economía, política o sociología. Las religiones tradicionales por su parte les son insuficientes porque son lerdas y no le siguen el paso al mundo del siglo XXI.
Pero el hartazgo mayor de los que terminarían siendo víctimas de Trump y Bolsonaro fue el de los medios de comunicación, específicamente la prensa liberal. La legitimidad de sus narrativas estaba en crisis desde que el internet, las redes sociales, Youtube y finalmente Twitter ensancharon la fuente de información de las cosas que pasan en el mundo en tiempo real. Que la prensa liberal miente, manipula, distorsiona, defiende sus intereses, los de sus patrones y los del status quo se hizo transparente para todo el que tuviera un celular.
Por eso Trump y Bolsonaro trapearon bonito el piso con la prensa. Los periodistas de los grandes medios, convencidos muchas veces de que informan con objetividad, no entendían por qué los atacaban con semejante virulencia. Pobrecitos. Trump, nadador olímpico de las superficiales aguas del show bussiness conocía la fórmula para manipular magistralmente a la prensa liberal: decir idioteces, inventar mentiras extravagantes, hacer el show y claro, ser rico y famoso. Adictos a todo eso, los medios exprimieron hasta la última palabra excretada por Trump. Así, insultándolos, acosándolos y humillándolos los puso a trabajar para él.
En Brasil, antes de Bolsonaro la Red Globo ya había construido por años un componente fundamental de la narrativa golpista y luego bolsonarista: que la corrupción era el PT y el PT la corrupción. Pues bien, el golpe a Dilma de 2016 fue orquestado justamente por las más altas redes de corrupción, las del Congreso mismo, para impedir a toda costa su persecución.
Trumpismo y bolsonarismo son productos de procesos tecnológicos y comunicativos. También son engendros político-religiosos resultado de una predisposición social al culto. Entre otras, los paisajes norteamericanos y brasileños han sido terriblemente fructíferos en todo tipo de religiones, cultos y sectas. Por respeto al lector vamos a pasar por alto los detalles morbosos de cómo Trump y Bolsonaro se revuelcan con los fundamentalistas cristianos más nauseabundos. Señalemos más bien algunas transformaciones espirituales del pentecostalismo a los cultos políticos contemporáneos.
Los devotos del odio no comprenden su propia lengua, son incapaces de llevar adelante una conversación adulta. Cuando se juntan, trumpistas y bolsonaristas recitan las letanías del resentimiento y vociferan comprometiendo gravemente sus cuerdas vocales. Vienen de un mundo en que hacer ruidos y gestos aleatorios es hablar con dios. Por eso, y también gracias a Twitter, conectaron tan fácil con Trump y Bolsonaro que son la cristalización más pura de la pobreza de palabras. A menudo, se han martillado los dedos con el evangelio de la prosperidad durante años y por eso son pobres que se creen ricos. Es porque quienes mandan en el mundo mandan también en los deseos de hasta el último miembro de la caterva. Por su parte, la secta Qanon, los más acérrimos de los conspiranoicos norteamericanos, es un grupo literalmente evangélico en el sentido de que sus miembros buscan celosamente ganar adeptos para su hermandad.
Las aptitudes psicopatológicas para la supresión permanente de la razón, el desborde político-emocional, el sometimiento al líder mesiánico que restaurará el supuesto orden perdido, la obsesión por el éxito financiero individual, la traición de clase y la intolerancia en estos cultos políticos son mutaciones espirituales de la glosolalia pentecostal, sus milagros chimbos, sus exorcismos, el sometimiento al pastor, el evangelio de la prosperidad y el maniqueísmo. Durante décadas, el fanatismo pentecostal preparó el terreno espiritual para la aparición del trumpismo y el bolsonarismo y sus visiones de mundo.
Libro del Éxodo capítulo 32: el pueblo de Israel, obsesionado con idolatrar cualquier cosa y en ausencia de Moisés que había subido al Sinaí a recibir los 10 mandamientos, se construye un becerro dorado para adorarlo. Seguro les quedó como el toro de Wall Street. Debió ser tan vomitivo como el apartamento de oro de Trump en New York o como su piel pintada de aerosol dorado casi anaranjado. Rico, famoso e inescrupuloso, el ídolo perfecto para el pueblo norteamericano, Trump encarna el culto al dinero y a la fama. Por eso lo votaron. El capitalismo también es religión. Entre esto y el pentecostalismo, el evangelio de la prosperidad como puente.
El liberalismo supone
El liberalismo, doctrina política oficial de los estados modernos, supone que la sociedad es un conjunto de individuos libres y racionales. Libre y racionalmente cada individuo lidia con los hechos, debate con los otros y toma una decisión importante cada cuatro años. Más hilarante aún, el liberalismo supone que una sociedad organizada liberalmente produce estos individuos libres y racionales.
Lo que asusta y desconcierta de trumpistas y bolsonaristas es su apartamiento, no de los valores democráticos, no de la narrativa liberal si no de la inteligencia humana, que tiene que ver con considerar hechos. Trumpistas y bolsonaristas están sometidos en cuerpo, alma y voluntad al líder psicópata. Para ellos, el jefe amado es o un profeta o un ídolo o un Jair Messías o un dios. No piensan por si mismos sino que toman como suyos los disparates que salen de la boca de otro que piensa por ellos. Por eso en Brasil los llaman minions. Unos y otros son la realidad que supera la ficción de los personajes de Dumb & Dumber, Jackass, Idiocracy o cualquier película de zombies o muertos vivientes.
La derrota de Bolsonaro en octubre del 2022 desencadenó un arrebato sin precedentes en la caterva enajenada que duró semanas. Se les puede ver desgarrándose las cuerdas vocales chillando el nombre de su ídolo, improvisando marchas militares con gestos circunspectos y movimientos tipo Los Tres Chiflados, rindiendo honores a una llanta de tractor, usando sus celulares para pedir socorro a los extraterrestres, increpando a las nubes, imitando a Goku y a todos los pokemones, autolesionándose de maneras absurdas, celebrando inexistentes golpes de estado, comportándose como zombies, y en fin, haciendo todo tipo de monerías y cursilerías propias de la cultura Tik-Tok.
Estas personas no son dueñas de si, no están en sus cabales, no están capacitadas para la vida en sociedad. No se trata de ignorancia o analfabetismo. Esto es un colapso cognitivo masivo en sociedades que se suponen ricas – los bastiones bolsonaristas son justamente los estados más ricos, desarrollados y blancos del Brasil. Gente picha en plata, obscenamente estúpida y podrida en el alma. Pocas cosas son tan dañinas para la sociedad como un idiota con dinero.
Demócratas, liberales, secularistas y librepensadores de todos los orígenes celebraron en 2020 y 2022. El motivo fue un hecho estrictamente matemático: que más personas votaron por Biden y Lula que por Trump y Bolsonaro. Pero ninguno de los dos perdió un solo voto después de cuatro años de circo. De hecho, más gente votó por ellos en 2020 y 2022 que en 2016 y 2018. Trump pasó de 63 a 74 millones de votantes.
Desde que fueron derrotados lo que hemos visto es atomización, normalización, conciliación, y cambio de marca. Apóstoles e imitadores emergen en un lado y otro, sus métodos y formas se van integrando a la política de modo que lo que en 2016 y 2018 era inaceptable a medida que pase el tiempo se irá haciendo más normal y esperable. Sus innumerables crímenes muy probablemente quedarán impunes. Trump y Bolsonaro podrían estar ya en el basurero de la historia pero trumpismo y bolsonarismo, atomizados, conciliados con el Estado, rebautizados, quizás incluso recargados, prevalecerán.
La comunión del odio prevalecerá porque las iglesias pentecostales son más poderosas que el amor de dios. Prevalece todos los días porque la cultura de la idiotez y la idolatría dan de comer a muchos, física y espiritualmente. Prevalecerá porque al guiñapo de la educación pública, que importa un comino en casi todo lado, le falta todo lo que al opulento fabricante de armas le sobra. Prevaleció porque nadie le va a devolver a Brasil los casi 700 mil que agonizaron mientras Bolsonaro se desternillaba de risa. Prevalecerá porque lo que conocemos como sociedad se diluye todos los días en el charco de babas del Instagram, el Face y el Tik-Tok. Prevalecerá porque el Estado liberal no perdona nada excepto el fascismo.