Capitalismo y todo lo demás: exterminio y existencia 1/4

Un problema tan grande como el planeta

No pareciera haber a estas alturas un problema más complejo, urgente y amenazador para la humanidad que el calentamiento global. Peligran cada individuo, organismo vivo, país y ecosistema. Es una amenaza creíble y fundamentada a la humanidad con sus 200 mil años y a la vida con sus 4 mil millones. Su complejidad y multidimensionalidad desconciertan puesto que involucra economía, política y cultura, pero también biología, química, climatología y casi todo lo demás.

Por el origen sistémico de sus causas y su carácter planetario, el calentamiento global excede con mucho las capacidades de cualquier institución, estado u organismo multilateral. Es un problema tan grande como el planeta entero.

Prender el carro, comprar en el mercado, hacer un asado, revisar el Facebook, verse una peli, viajar, trabajar, reproducirse, cada segundo que pasa billones de acciones individuales y sociales ejecutadas por miles de millones de seres humanos contribuyen de una forma u otra a calentar el planeta.

En un día cualquiera, un individuo cualquiera puede enterarse de muchas cosas sobre el calentamiento global. Por ejemplo, que otra reunión cinco estrellas de jefes de estado y organismos internacionales para disminuir las emisiones de carbono y mitigar sus efectos ha fracasado. O que un multimillonario bondadosísimo se ha desprendido generosamente de una fracción diminuta de su grosera fortuna para “ayudar al planeta”. O también de una nueva locura geo-ingenieril para bloquear el sol, forrar con químicos nubes, océano y atmósfera, producir oxígeno artificial altamente rentable o inducir un invierno nuclear.

También en un día cualquiera un individuo cualquiera es bombardeado con millonarias campañas publicitarias sobre cómo tú también puedes ayudar al planeta separando, reciclando, usando menos bolsas plásticas y que no, que eso ya no, que eso es inútil, que ahora esto otro, reduciendo el consumo de carne, cerrando el grifo mientras te cepillas y apagando la luz mientras haces el amor, todo desde la comodidad de tu hogar y sin parar de comprar. Comprando más, de hecho, porque ahora cualquier baratija que compres es ecológica y sostenible. En medio de todo esto suenan verdes armonías y cándidos mensajes que “nos invitan a reflexionar” sobre “nuestro rol” y “nuestras responsabilidades”.

Con menos asiduidad se publicitan las terroríficas predicciones y advertencias de la comunidad científica y de la misma ONU sobre cómo nada de todo lo anterior está funcionando para reducir las temperaturas sino todo lo contrario. Ocasionalmente nos informan de acciones ecologistas desesperadas, protestas y estallidos como la Extinction Rebellion y el Fridays for Future. Mientras tanto nos venimos acostumbrando hace ya tiempo a las consecuencias extremas del calentamiento global. Los dueños del mundo dicen que hay que adaptarse, aprender a vivir con el humo.

Quemar cosas nos hizo humanos. Fue el dominio de la combustión, hace uno o dos millones de años, lo que sacó a nuestros ancestros homínidos de una animalidad ya altamente inteligente y los convirtió en homo sapiens. Nuestros cerebros, nuestros rostros, nuestras costumbres y cultura fueron labrados a fuego a lo largo de decenas de miles de años. Somos literalmente seres de fuego.

Pero el calentamiento global no inició hace 1 millón de años con el primer fuego africano. Tampoco empezó hace 10 mil con la revolución neolítica y ni siquiera hace 500 años con la modernidad y la globalización. Las condiciones confluyeron hace exactamente 200 años en Inglaterra con la revolución industrial. Ya al nacer, el capitalismo traía el signo de la destrucción planetaria.

El fuego del lucro infinito

La historia de la humanidad es una sucesión de fuerzas que se liberan y una concepción continua de modos de hacer las cosas, modos que se replican, transmutan y se reproducen. En este preciso momento como desde hace miles de años nos apropiamos del mundo y lo transformamos por medio del lenguaje, la religión, el arte, el comercio, la agricultura, el estado, la ciencia, las ideologías. El capitalismo es un sistema más de apropiación y transformación de lo existente.

Las fuerzas de la naturaleza, sus elementos y organismos, así como las capacidades humanas, sus creaciones e individuos, en fin, todo lo que existe es apropiado, transformado en riqueza monetaria y reconducido a un ciclo incesante, creciente y acelerado de reproducción del lucro. Esto es el capital. Es un modo de comportamiento cíclico, dinámico y monetizado de todo lo existente que se realiza en su reproducción. No puede desacelerar, mucho menos detenerse. Para reproducirse necesita ser alimentado, con oro, con tierra, con carbón, con trabajo humano, con petróleo, con información personal. Todo lo que entra se transforma en dinero y en mercancía, mercancía que se vende por dinero, dinero que se reinvierte en mercancía. La naturaleza de su reproducción es exponencial, entre más crece, mayores son sus necesidades, entre más se alimenta, más insaciable se vuelve. Crecer, multiplicarse y acumularse, esa es la naturaleza del capital, el núcleo duro de su existencia. Y allí donde el capital se erige como la fuerza dominante de una sociedad, hablamos de capitalismo.

Hasta donde sabemos, desde los primeros instantes del universo la materia es gobernada por cuatro fuerzas o interacciones fundamentales, la gravedad, la fuerza electromagnética y las dos fuerzas nucleares, la fuerte y la débil. Asimismo, nuestro universo capitalista existe como la interacción entre las fuerzas del afán de lucro infinito, de la competencia y las condiciones de intercambio y explotación. Hace unos 600 o 700 años, estas fuerzas y condiciones fundamentales empezaron a interactuar de cierta manera que llevó a que unos cuatro o cinco siglos después, en Europa occidental, el capitalismo finalmente asomara la cabeza.

El afán de lucro infinito es la fuerza más importante del mundo capitalista. Es una transformación de los deseos milenarios de poder, trascendencia y dominación humanas. Es incitado por la competencia pues el capitalismo es lucha entre actores: individuos, familias, compañías, ciudades libres italianas, países. Para nacer, el capitalismo también necesitó de condiciones específicas de intercambio. Tenían que existir el comercio, el dinero, los bancos y el oro robado a los pueblos americanos. Finalmente, pero no por ello menos importante, para nacer el capitalismo necesitó condiciones específicas de explotación tales como el mundo inmenso que se abría ante el hombre europeo en los siglos XV-XIX, la tecnología para conquistarlo y masas de gente hambrienta fácilmente explotable por salarios miserables. Regulado, incitado y limitado por la competencia y las condiciones de intercambio y explotación, la fuerza desbocada del afán de lucro infinito se apropia y somete todo lo existente convirtiéndolo en capital.

La interacción entre estas fuerzas y condiciones explica la orientación capitalista a las ganancias exorbitantes, su capacidad para generar relaciones económicas de extremo dinamismo y extrema competencia, su promoción de la innovación tecnológica, la profusión sin parangón de productos, servicios y mercados y la aceleración de todo cuanto es tocado por el capital y sus lógicas.

El capital es la fuerza más poderosa jamás liberada por la humanidad. Y la más devastadora. No porque oculte un rostro cruel que por pretensiones dramáticas nos estemos reservando para más adelante sino exacta y precisamente por sus lógicas existenciales.

Contra natura

El capital necesita tierra. Existe un método muy antiguo y efectivo de apropiación de la tierra. Se llama robo. El capital depende del robo como de la sangre el piojo. No habría historia del capitalismo sin el robo de las tierras comunales inglesas en los siglos XVI al XVIII tal y como lo describió Marx en El Capital o sin el robo de las tierras indígenas y mexicanas por el hombre blanco estadounidense en el siglo XIX.

Con la tierra se pueden hacer muchas cosas muy lucrativas. Bosques y selvas pueden ser arrasados para vender su madera, los campos pueden ser convertidos en gigantescos monocultivos agroindustriales que solo son productivos porque los estados los protegen y se les envenena a diario con petroquímicos. También se pueden convertir en extensos ranchos ganaderos que contaminan el aire y esterilizan la tierra.

El capital busca siempre el crecimiento exponencial, funciona mejor en números grandes. Por eso los negocios chiquitos difícilmente prosperan y por eso la industria pesquera pone en funcionamiento redes gigantescas que arrastran cantidades monstruosas de peces. Tan monstruosas como indiscriminadas puesto que atrapan todo tipo de organismos y arrasan cuanta forma de vida se cruza en su camino.

El capital también necesita agua fresca. Mientras el consumidor eco-consciente contemporáneo busca modos creativos para ahorrar y reutilizar el agua en el baño de su casa, las grandes corporaciones agroindustriales, mineras y petroleras la vierten a millones de galones por hora en todo tipo de procesos de extracción y purificación altamente contaminantes. Cada kilo de oro, de litio o de carne, así como cada barril de petróleo, necesitan miles de galones de agua para su producción. Pero no es que el agua utilizada desaparezca, no. Es que se le convierte en desecho químico.

Así funciona el capitalismo. Es rentable matar mil para consumir solo uno, demoler montañas enteras por un puñado de material precioso, desperdiciar la escasa agua de los desiertos arábicos y californianos en prados tan fictis como inútiles, arrojar al planeta más de mil millones de botellas plásticas por día y meterle obsolescencia programada a todo lo que se produce para que más rápido se convierta en basura aun cuando existe tecnología para fabricar productos que podrían durar casi para siempre.

Así funciona. Es preferible que cambies la bicicleta por el carro para que le des trabajo a más personas, es perfectamente normal que llegues al gimnasio en camioneta y escaleras eléctricas, es mejor que tomes agua en botellas plásticas bien chiquiticas para que sean muchas y no que la tomes del río o el grifo, contribuyes al crecimiento de la economía si en lugar de bajar las mandarinas del árbol de la abuelita las compras importadas del otro lado del planeta, peladas y empacadas en plástico. Es perfectamente lógico y racional que millones de seres humanos mueran de hambre en un mundo en que se producen millones de toneladas de alimentos en exceso. Todo eso es bueno y racional porque enriquece ilimitadamente a unos pocos.

El mundo va a mil y acelerando, todos lo sabemos. Es porque va al ritmo del capitalismo. Por eso tanto eucalipto que crece más rápido que cualquier árbol, por eso los súper pollos broiler que en cuatro semanas ya están listos para el sacrificio. Superautopistas, trenes bala, internet banda ancha, estrés y cocaína, por eso tanto afán en la fila. El mundo va al paso del capitalismo y nosotros adentro acelerando en la caída.

De los procesos productivos del capital se derivan dos tipos de resultado. Por un lado, la mercancía sagrada que será vendida en el mercado y que es el propósito del proceso mismo. Por otro, lo que no vemos, no queremos ver y con prudencia se nos oculta pero que es mucho más grande que todas las mercancías juntas: los desechos, los suelos exhaustos, los inmensos acuíferos subterráneos y otras fuentes de agua agotadas, los microplásticos diseminados hasta en nuestros orificios más íntimos, los basureros colosales sobre los que nadie hablaría en una cita romántica, los residuos tóxicos que contaminan el suelo, el agua y el aire. Apenas esta última puntita es lo que normalmente se entiende como calentamiento global.

Por eso el calentamiento global es un tropo, más específicamente, una sinécdoque cruel. Como cuando un cáncer se ha diseminado por metástasis en todo el cuerpo y el paciente se revuelca en su lecho de muerte pero decimos que tiene fiebre.

El aumento de las temperaturas es apenas la fiebre de una enfermedad global multidimensional que incluye frecuentes desastres petroquímicos e industriales, contaminación extensiva del aire, la tierra, el agua y los seres vivos, aniquilación de los ecosistemas, desertificación, acidificación y muerte de los océanos y la vida que albergan, desaparición del agua dulce del planeta, alteración extrema de los ciclos climáticos, creación de zonas tóxicas no aptas para la vida, desplome de las cadenas alimenticias, extinción masiva de especies y un largo y apocalíptico etcétera que constituye un exterminio de todo lo que llamamos vida y naturaleza.

Amaranta Carujo