Capitalismo y todo lo demás: exterminio y existencia 3/4

Arbeit macht frei

Todo se transforma en el espacio y todo se transforma en el tiempo. Todo es su propio espacio y su propio tiempo. Asimismo, el capitalismo es su centro y su periferia, su pasado y su presente, su inmenso abajo y su diminuto arriba. La vida de la mayoría de los seres humanos sobre el planeta en los últimos 200 años ha estado determinada en buena medida al nacer por su ubicación en estas dimensiones del capitalismo.

Por ejemplo, mientras en los núcleos del capitalismo existen trabajos elegantes para los bien-nacidos, el trabajo sucio es para inmigrantes, negros, latinos, argelinos, filipinos, turcos, indios y otras castas bajas y periferias del capitalismo. En el mismo sentido, aunque necesarios para la reproducción del capital, los trabajos domésticos y del cuidado, ocupan posiciones periféricas a tal punto que las mujeres tradicionalmente han trabajado duro y gratis – las de abajo, claro.

Para transformar todo lo existente en riqueza monetaria, es decir para crear el capital, el capitalismo necesita trabajadores. Para que la riqueza crezca, se acumule, y se reproduzca de manera exorbitante, el sistema busca sin descanso que el trabajador haga lo siguiente: mucho más por mucho menos. Doscientos años de innovación tecnológica, lucha de clases, revoluciones y guerras; pocas otras fuerzas han dado forma al mundo de las cosas humanas como este doble empeño del capital.

Nadie que tenga condiciones de libertad, su derecho a la subsistencia digna asegurado, que esté contento consigo mismo y sea feliz está dispuesto a entregar su voluntad y ceder su libertad ocho horas al día seis días a la semana durante casi toda su vida para que el patrón pueda tener dos mozas y tres Lamborghinis.

Por eso la libertad y felicidad humanas son contrarias al capital; son desfavorables para el negocio. Pero el deseo de dominación encuentra maneras de aplastar la libertad y extinguir la felicidad donde quiera que existan para producir masas de individuos subyugados, reducidos y desesperados.

Como por ejemplo esos cuatro siglos de ir por el África cazando, encadenando, comprando y transportando 12 millones de almas en condiciones infernales durante meses hasta América en donde fueron explotados hasta la muerte en las minas, los campos de caña, de cacao y de algodón. Sin esos cuatro siglos de esclavitud, el capitalismo hoy apenas estaría quemando carbón en máquinas de vapor. O como cuando a fines del XIX se desató la fiebre del caucho que provocó la esclavización, tortura y genocidio de decenas de miles de indígenas en varios países amazónicos a lo largo de varias décadas. Puede que en sus entrañas el capitalismo funcione con trabajo asalariado pero tanto en el acumulado de riqueza sobre el que se erige como en su periferia extractiva es más exacto hablar de esclavitud.

Allí donde el afán de lucro infinito no pudo esclavizar, proletarizó. Aquellos a quienes el naciente capitalismo europeo había arrebatado sus tierras comunales y convertido en pobres y vagabundos durante siglos fueron los primeros en probar las bondades del trabajo remunerado. Es decir que las vidas de millones de hombres, mujeres y niños empobrecidos y malnutridos se consumieron produciendo el capital industrial en las minas y fábricas europeas a lo largo del siglo XIX y hasta bien entrado el XX. Siempre pagándoles el mínimo posible porque en todo el capitalismo es opulento y desahogado menos en pagar con justicia. Si pagara con justicia dejaría de existir.

Hoy en día hay alienados capaces de decir “yo no marcho, yo produzco” pero si pusieran apenas la yema del dedo sobre un libro de historia verían que no existieron las leyes laborales, la prohibición del trabajo infantil, el salario mínimo, las ocho horas, la seguridad en el trabajo, las vacaciones, las licencias de maternidad ni absolutamente ningún derecho laboral sino hasta que corrió la sangre, se inventó el comunismo y la gente amenazó con romperlo todo. Entre el capital y el trabajo todo es lucha y el objeto de esa lucha es la vida de los que tienen que trabajar.

La búsqueda de una fuerza de trabajo que haga mucho más por mucho menos moldea cada pequeño aspecto del trabajo en el capitalismo. Al trabajador, que es como una herramienta, se le necesita atosigado y al límite de sus posibilidades. Por eso se le espuelea con látigo, máquinas que van a mil, fechas límite y acoso laboral. El ímpetu mecanizador, la fascinación por los robots, las supercomputadoras y las inteligencias artificiales revelan el horizonte laboral al que se dirige el capital: disminuir al máximo el valor del trabajo humano como para un día liberarse del trabajador para no tener que pagarle. Los dueños del negocio también saben hace tiempo que en determinados contextos un empleado satisfecho es un empleado productivo. Por eso se inventaron la ideología de la empresa como familia y el gerente como padre benefactor pasando por las rifas de fin de año y el amigo secreto.

Pero no importa si los colegas te sonríen y eres es el favorito del jefe, o mejor, si tu trabajo contiene el placer de mandar a otros. El capital está siempre buscando la forma de quitarte el trabajo para dárselo a otro. Si no te puede remplazar por una nueva tecnología, habrá otro más barato, más doblegable.

Un desempleado, por ejemplo. Si los hay muchos las personas sudan en las entrevistas de trabajo, agradecen a dios cuando “les dan un trabajito” y se someten a las condiciones laborales más abyectas. Se saben remplazables.

No es un problema social del capitalismo, es así como tiene que funcionar el mercado laboral para que el empleado sea juicioso y mantenga baja la mirada. Cada desempleado cumple una función pasiva en el régimen laboral capitalista. Este necesita del desempleo como el universo necesita del espacio para que la materia se mueva libremente.

El sistema está lleno de soluciones. Si las condiciones se lo permiten, irá hasta el otro lado del mundo en busca de trabajadores baratos. Es parte de lo que llaman offshoring y es la razón por la cual se extinguió el Made in USA que fue remplazado por el Made in China, a su vez remplazado por el Made in Tailandia y es la razón por la cual de un momento para otro el servicio al cliente de call center primermundista empezó a sonar con curiosos acentos indios y colombianos. Nadie está tan sometido a la fuerza de la competencia en el sistema capitalista como quien para sobrevivir debe trabajarle a otro.

Y eso es lo que ofrece el sistema para la gran mayoría de los individuos a lo largo y ancho del planeta y de nuestra historia bajo el capitalismo: trabajar para otros hasta morir. Siglo tras siglo, país tras país, vivir para trabajar, trabajar hasta colapsar. Este es el gran horizonte, la gran finalidad existencial para casi todas las personas bajo el capitalismo.

Hace unos 40 años Stephen Jay Gould terminaba un ensayo, que poco tiene que ver con nuestro tema, con una observación que ha ganado justa fama. “Estoy de alguna manera menos interesado – escribió – en el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein que en la casi certidumbre de que gente de igual talento ha vivido y fenecido en los campos de algodón y los talleres clandestinos.”[1] Cuantos Picassos, Joyces y Kubriks que no fueron. Para no hablar de los Van Goghs, Gauguins, Kafkas y Modiglianis que sí fueron. Fueron para la posteridad pero no para ellos mismos como individuos altamente creativos porque murieron en la inopia y la indiferencia.

Ese es el meollo perverso del capitalismo. Oprime las libertades, creatividades y talentos individuales en medio de la más obscena opulencia de que se tenga registro. El sistema puede remover el planeta entero en busca de recursos, forrarlo con plástico y derretir los polos pero es absolutamente incapaz de crear una sociedad de libertad.

¡Ah, pero si vivimos en sociedades democráticas con división de poderes, libertad de prensa, de cultos, del libre desarrollo de la personalidad y de la libre expresión! No existe la libertad de prensa en la plantación de soya, ni el libre desarrollo de la personalidad en la oficina, ni la libre expresión en una conversación con el jefe ni mucho menos la división de poderes entre las 8 de la mañana y las 5 de la tarde.

Si lo mejor que le puede pasar a uno en la oficina es que se vaya la luz, uno está sometido. Si hablar con el jefe da ansiedad, uno no se pertenece. Si no hay mejor hora del día que cuando te puedes ir para la casa ni mejor día que el viernes, si toca comer de afán, si uno trabaja toda la vida justamente para no tener que hacerlo en sus últimos años, uno no es libre. Tampoco el resto del tiempo porque la democracia no está para el que nace abajo.

Para el que nace abajo las cárceles, los bolillos y las dictaduras. Es al que nace abajo al que le toca pagar los impuestos que los asquerosamente ricos no quieren pagar. Es a él al que le toca morir despedazado en las guerras que se libran por los intereses de esos mismos riquetes que disfrutan las libertades que se cantan en los himnos patrios. Porque en el capitalismo todo es mercancía, también el Estado y sus instituciones, porque la libertad es poca y la democracia tan real como el libre mercado.


[1] Stephen Jay Gould, “Wide hats and narrow minds”, New Scientist, 8 de marzo de 1979, pp. 776-777.

Amaranta Carujo