Saqueo y profanación Washington y Brasilia
Que todo rompa, que todo arda
El 24 de agosto del 410 los visigodos al mando de Alarico entraron en la ciudad de Roma en la que, se estima, vivían unas 800 mil personas. Durante tres días los que años después terminarían poblando España, pillaron, violaron, esclavizaron y mataron. Nada fuera de lo común, un saqueo como cualquier otro. Pero nunca en Roma. Nunca en Roma caput mundi, capital del mundo y centro de la vida civilizada. Era la primera vez en 800 años que la ciudad caía ante un ejército invasor. El mundo antiguo, desde las islas británicas hasta el Levante, se sacudió como si algo que hubiera estado en pie por mil años de repente cayera.
El saqueo de una ciudad imperial es un acontecimiento espiritual, una profanación. Desde la perspectiva imperial, Roma era la luz en un mundo oscuro, una luz que solo crecía y crecía empujando las fronteras hacia afuera. Alarico y sus visigodos venían justamente de esa oscuridad. Ahora pudieron pasearse pillando y robando por los templos y palacios de antiguos cónsules y emperadores. El mundo patas arriba.
Es por esos detalles simbólicos que no dejan de causar impresión los sucesos del 6 de enero del 2021 en Washington, recientemente replicados en Brasilia el 8 de enero del 2023: ataques directos a las sedes del poder político de ambos países con fines de golpe de Estado.
Estas acciones, repetidamente anunciadas con anticipación, fueron el hecho culminante de cuatro años de trumpismo y bolsonarismo triunfantes y envalentonados y el episodio final del despliegue de estrategias de ambos para negarse a entregar el poder después de sus respectivas derrotas electorales en 2020 y 2022. De todas sus tentativas, esta fue la más espectacular y significativa con miles de personas concentradas en muchedumbres enardecidas como instrumento.
Los perpetradores ocuparon las sedes del poder – legislativo en el caso norteamericano, los tres en el caso brasileño – por varias horas en que se dedicaron al pillaje y la destrucción. En Washington buscaban al vicepresidente Mike Pence y a cuanto, sobre todo cuanta, congresista demócrata se dejara coger para matarlos.
No solo porque los insurrectos venían mandados por el señor presidente sino también porque son barras bravas de cuanta fuerza represiva exista, estas turbas fueron recibidas con comprensión y ternura por los cuerpos armados encargados precisamente de defender las sedes del poder político.
Tanto para el que está adentro como para el que está afuera, una turba es un fenómeno intenso, intimidante. Engordadas y embravecidas por discursos de odio, estas multitudes cumplen los mismos propósitos que una institución armada, tienen por función amedrentar. Por eso y porque pusieron bombas son terroristas en el sentido exacto del término.
Después de romper los entre insuficientes y entusiastas cercos policiales, las hordas ocuparon los espacios sagrados de la institucionalidad republicana. Junto a los trumpistas estaban los allá llamados libertarios, adictos a las armas y a la segregación cuyo propósito es la aniquilación del gobierno federal. Una vez adentro, el desmadre, el circo, el derroche. El objetivo inmediato era hacer el mayor daño posible, que todo rompa que todo arda. Se ensañaron particularmente con lo que les pareció artístico e inteligente así como con las reliquias de la ciudadanía republicana.
Una imagen llama nuestra atención. En medio del pandemónium un bolsonarista defeca al interior de uno de los recintos sagrados del orden federal. El lugar ha sido profanado. También se les puede apreciar berrando y retorciéndose como en sus cultos cristianos y de hecho los bolsonaristas improvisaron uno en el Congreso. Estos son actos de gente fuera de quicio, síntomas de una patología psicosocial de naturaleza epidémica con capacidad de trastornar gravemente el orden político. También son mensajes: teocracia o muerte, dictadura o guerra civil.
Aunque el instrumento turba sea en general desordenado y hasta imprevisible, estos ataques fueron perpetrados con propósitos prácticos. Al amado líder le han robado las elecciones, las reclamaremos o nos vengaremos. En el caso norteamericano se trataba directamente de detener a cualquier costo el proceso de certificación del decrépito Joe Biden como presidente.
Tanto en Washington como en Brasilia, muchos estaban convencidos de que al tomarse los edificios encendían la chispa de una insurrección nacional. Como por arte de magia el poder federal se desplomaría, las fuerzas armadas se harían con el poder y regresaría el líder o no se iría nunca.
A muchos su incapacidad cognitiva les impedía ver qué demonios estaban haciendo ahí ese día vestidos de carnaval. Eran instrumento, como un martillo, un arma o un consolador, de un intento de golpe. Por razones demasiado obvias para el resto de nosotros pero de imposible comprensión para los que componen las masas trumpistas y bolsonaristas, ninguna de las dos tentativas estuvo cerca de convertirse en amenaza existencial para el orden federal.
Hay que decir que los de Trump sí estuvieron a punto de ponerle las manos encima a las más altas autoridades legislativas del país. En Brasil hubo más pensamiento mágico. El presidente Lula – un comunista que perdió un dedo cuando se desayunaba unos niños – ya estaba en funciones y ni se encontraba ese día en el Palacio de Planalto como para sacarle los ojos. Tampoco estaban los congresistas ni los magistrados del Supremo Tribunal Federal. Ese día los edificios de los tres poderes estaban vacíos. ¿Recuerdan esas sectas milenaristas, muy populares a fines de los 90s, en que un grupo de gente se va para el desierto a esperar a Jesús o a los aliens?
La dimensión desconocida
Un amigo mío, chauvinista – pudo haber sido medellinense, bonaerense o francés – se jactaba hace poco de la belleza de los edificios históricos de su ciudad – pudo haber sido bonaerense o francés. Al apreciarlos se lamentaba “¿De qué me sirven – me decía – si yo no puedo entrar en ellos? Yo quiero entrar, conocerlos por dentro, recorrerlos”. Muchos de los que entraron al Congreso en Washington hicieron justo eso, improvisar recorridos turísticos en el templo de la democracia. Hay muchos más, millones, que están hartos de vivir en un mundo que no les pertenece.
Si uno es un socialista radical, anarquista o algo parecido, las imágenes de destrucción y saqueo en los más sagrados lugares de la pantomima democrática por parte de la extrema derecha agitan sentimientos contradictorios. Ni el socialista ni el anarquista romperían un vidrio en nombre de alguien como Trump o Bolsonaro pero sí sueñan ambos con ponerlo todo patas arriba y cambiarlo todo.
Diez años antes de los sucesos de Washington, eran las masas del movimiento Occupy Wall Street, reivindicativas, críticas, libertarias, las que reclamaban los espacios del poder. También exactos diez años antes de los sucesos de Brasilia eran las masas de las Jornadas de Junio, un levantamiento popular encendido de indignación por las tarifas del transporte público, las que intentaban tomarse el Congreso de la nación; no lo lograron pero se les puede ver en fotos subidos al techo del edificio tal y como a los bolsonaristas hace unas semanas. Solo que esta vez sí se le metieron al rancho a la república. Eso es lo que pasa cuando el orden político es incapaz de acoger demandas populares profundas. Si no se abre la puerta, es la ventana que se vuelve añicos o la pared que se derrumba.
Al invasor hay que reconocerle que al fin de cuentas estuvo dispuesto a rasgar el velo de su aburrida cotidianidad para hacer algo con su vida, algo al fin de cuentas histórico. Se sienten legítimamente fuera de la historia y aburridos, son gente poco importante en números importantes. Como mi amigo el que anhela conocer por dentro los edificios antiguos que ennoblecen su ciudad, los que hoy en día invaden los recintos de la democracia representativa se sienten desposeídos. Se metieron porque creen que esa democracia no les pertenece.
Y la verdad es que no les pertenece. Es verdad, como medio consiguen pensar los bolsonaristas, que en Brasilia no manda el pueblo brasileño. Solo no es cierto que sea el comunismo con su rayo homosexualizador. Es cierto, como sienten los trumpistas, que los dueños del mundo son una pequeña elite a la que pertenecen los esposos Clinton. Solo están tan aturdidos con luces de espectáculo que también creen que el maligno existe y que el degenerado social Donald Trump es Jesucristo reencarnado.
Estas hordas sienten que algo les ha sido robado, pero no saben ni de qué se trata ni quién es el responsable. Buscan culpables. Si estos están bien escondidos, se inventan otros como se inventaron que alguien vino para salvarlos, el que fue prometido o algo así.
¿Qué desean? Plata y armas. Para construir una máquina hacia una dimensión desconocida. A diferencia de conservadores y fascistas clásicos o socialistas, anarquistas y liberales, no tienen utopías, objetivos de largo plazo o ideas mínimamente estructuradas de cómo debería funcionar la sociedad. Quizás sean capaces de pseudoideas o antiideas si es que esto último existe. Un muro, una masacre, una golpiza: en eso se realizan políticamente, son incapaces de imaginar en serio.
Entonces ¿qué desean? Imponer psicópatas a la cabeza de regímenes autoritarios por un tiempo indeterminado con fines de limpieza social. Quieren eliminar o al menos damnificar tanto como puedan todo lo que no entienden o les parece feo. Recién Bolsonaro ganó las elecciones en 2018, la caterva salió a– no es una figura retórica – lapidar profesores, artistas, homosexuales, cualquiera que pareciera inteligente o vistiera de rojo. Hace apenas unos días uno de estos extremistas entró a una guardería y mató a cuatro niños con un hacha.
Ellos creen que su máquina a la dimensión desconocida es una máquina del tiempo, quisieran quemar libros, eliminar el arte, reinstituir la esclavitud y otros modos de servidumbre, convertir las escuelas públicas en iglesias evangélicas militarizadas altamente rentables, borrar toda la ciencia desde Pitágoras. Mejor no les demos más ideas.
Trumpismo y bolsonarismo son la caricatura que los defensores del capitalismo, el liberalismo y la democracia occidental pintaron siempre sobre todo lo otro, una confusión de fundamentalistas teocéntricos, fascistas chauvinistas, comunistas dispuestos a mandar a todo el mundo al Gulag, anarquistas que solo quieren desorden y hasta niños matoneados que vuelven a la escuela a matar a todo el mundo.
Un instante de caos
Cuando los visigodos saquearon Roma en el 410 el emperador se encontraba a más de 300 kilómetros de ahí, en Rávena. Roma había dejado de ser la capital del imperio en el año 286, por la misma época en que este empezaba a dividirse entre Occidente y Oriente, el primero centrado en la bota itálica, el segundo con capital en Constantinopla.
El saqueo visigodo no ocurrió como una venganza antiimperialista sino como parte de una relación complicada en que Roma a conveniencia integraba, utilizaba y rechazaba a los germanos que a su vez según sus circunstancias se comportaban como amigos, súbditos o enemigos del imperio. Los germanos se romanizaban, los romanos se germanizaban y todo mundo se cristianizaba. Pero por encima de todo, desde mucho antes de Alarico, el imperio caía y se dividía.
Al observador actual le puede parecer que para el año 410 el Imperio romano de occidente ya no tenía muchas posibilidades de sobrevivir. Pero para los contemporáneos, Roma seguía siendo el centro del mundo. No es inusual que las narrativas y visiones del mundo sobrevivan por siglos a las condiciones materiales a las que se deben. Por eso, aunque el Imperio de occidente estaba en decadencia su saqueo le movió el piso a todo mundo. Un poco como ese vacío en el estómago que le anuncia al cuerpo que está cayendo. Que está cayendo, no que va a caer.
Un vacío inquietante producto de una pérdida intempestiva de seguridad sintió la gente alrededor del Mediterráneo en el 410. Así lo sintió San Jerónimo, uno de los pensadores más importantes para la época del saqueo visigodo ¿Cuál es la gracia de un orden social, con sus leyes, sus impuestos y sus fronteras si no ofrece seguridad – o al menos percepción de seguridad – para que sus ciudadanos puedan dedicarse libremente a sus actividades cotidianas? Cuando el centro simbólico de una sociedad se desploma, sus ciudadanos se quedan sin piso espiritual que los asegure. Que por unas horas el Estado pierda el control de los lugares en los que supuestamente se controla todo crea una ilusión, aunque momentánea, de vida sin Estado, un instante de caos.
Que las fuerzas del orden se ocupen sobre todo de oprimir a las minorías es injusticia y violencia institucional. Que en las fronteras y periferias de la sociedad el poder se desdibuje es hasta esperable. Pero que un orden político sea incapaz de sostener la seguridad en su mismísima médula solo puede ser interpretado como debilidad. Las sedes del poder político están por lo general protegidas por esquemas de seguridad millonarios que funcionan de manera ininterrumpida por años. Es poco común que esa seguridad sea realmente desafiada entre otras porque su importancia es menos estratégica que simbólica.
De repente un día estos recintos de la democracia son atacados y ¡pluf! caen en manos de una muchedumbre de trastornados abiertamente antirrepublicanos que los profanan durante horas. El orden político con sus costosos aviones de guerra, sus sistemas productivos hipertrofiados y sus impresionantes PIB’s ha quedado en ridículo.
El caso norteamericano es más grave por su condición imperial. En su narrativa, el Congreso es baluarte global de la democracia, fuente de luz que ilumina las sombras de los pueblos bárbaros que no son como ellos. Pues por unas horas, la luz se apagó y ellos quedaron peor de a oscuras que el resto de nosotros.
Cada día que ha pasado desde los saqueos, el desafío al orden político ha continuado vigente porque los artífices siguen tan orondos como siempre. En Brasil, el mismísimo ministro de defensa de Lula, que lo permitió todo porque su simpatía por el bolsonarismo es ostensible, sigue al frente de la defensa de las instituciones que él mismo ayudó a socavar. Es difícil sobreestimar la profundidad del desafío político cuando al orden se le ve intimidado por sediciosos y terroristas. Siendo así, es obvio que de poco servirá que arresten a mil o dos mil de los soldados rasos de estas facciones antirrepublicanas.
Es común que las cosas dejan de existir mucho tiempo antes de que nos demos cuenta. Cuando el Impero romano de occidente fue finalmente extinguido unos 70 años después del saqueo visigodo, hacía años era cáscara vacía; el emperador, apenas un instrumento de prestigio para los nuevos reyes germánicos. Es porque cualquier orden político es una historia que se cuenta y pervive en la medida en que haya gente que se crea el cuento.
Que estas hordas existan en número y confianza suficientes como para atreverse a atacar directamente las sedes del poder político no solo genera malestar sobre la firmeza de las instituciones republicanas. También es una constatación de serias averías en los poderosos aparatos de propaganda que ayudan justamente a afirmar esas instituciones. Estas turbas son en buena medida productos de desgastes en las narrativas del orden vigente difundidas por los líderes políticos y la prensa liberal. Como no les sirven sus mentiras, ellos se han buscado otras.
Hoy en día otros contenidos se levantan, trumpismo y bolsonarismo entre ellos. No es que el Estado, la república y la democracia representativa vayan a desaparecer mañana. Ni Trump ni Bolsonaro son una alternativa seria ni son una alternativa. Sus seguidores no están entre nosotros para buscar un orden nuevo sino para revolverlo todo. Son una enfermedad social nueva que acompañará, creando caos y exacerbando el odio, al orden político en su caída, lenta o rápida, estruendosa o apacible, al fin inexorable.