Salir de nosotros para escapar de la catástrofe
¿Quién hubiera imaginado hace digamos un año que estaríamos en estas? La verdad es que los epidemiólogos. Y probablemente los historiadores de las epidemias. Pero principalmente el equipo de PREDICT, un programa de USAID que fue cerrado por el gobierno de Trump semanas antes de que irrumpiera el Covid-19 y que se dedicaba precisamente a la investigación de virus de origen animal con potenciales pandémicos. Los virus de la familia Corona eran justamente objeto de estudio de PREDICT.[1]
Pero tampoco podemos decir exactamente que, para el resto, y mucho menos para las autoridades, el virus haya aparecido de la nada. Cuando llegó a Colombia por ejemplo ya la muerte se paseaba por Europa. Lo sabíamos. La historia siempre se anuncia una, dos, varias veces antes de irrumpir. Desde que finalmente derribó la puerta, para la gran mayoría el virus, o mejor, la cuarentena se ha convertido en su conexión más directa con un fenómeno histórico a escala global. Para esa mayoría, esta situación es “de película”. Y por eso proliferan en internet las recomendaciones de películas sobre epidemias y zombis. Yo personalmente me he visto un par (Spoiler alert!): los gringos nos salvan. “Como de película”. El referente pop niega el referente histórico. Sentir la pandemia y sus consecuencias como una fantasía hollywoodense irrespetuosa de las leyes más básicas de la física y del sentido común es una negación de las grandes pandemias de la historia.
De las cuales hay muchas. La peste bubónica, que también salió de Asia, pudo haber acabado con hasta 2 tercios de la población europea entre 1347 y 1352. Súmense a eso los inviernos extremos, las recurrentes hambrunas y las guerras que configuraron las crisis del mundo medieval en el siglo XIV. Si a alguien le parece atisbar en lo que estamos atravesando ahora los signos del fin o de la segunda venida, haría bien en echar un vistazo al siglo XIV: muchos poblados perdieron la totalidad de su población, se recurrió a los pogromos, al suicidio, al infanticidio y al canibalismo. Desesperación generalizada.
Frente a eso, la actual pandemia palidece. También palidece frente a las decenas de millones de muertos y la destrucción generalizada de las guerras mundiales, así como frente a la posibilidad concreta y cercana del apocalipsis nuclear en octubre de 1962. Ni hablar de que palidece frente a la catástrofe ecológica planetaria en curso con la cual guarda importantes vasos comunicantes; el más específico es la relación causal directa entre la agresión a la naturaleza y la propagación de enfermedades.[2]
¿Qué tiene pues de particular esta pandemia? Lo que se asoma es que sólo para muy pocos en el planeta esta pandemia no ha trastocado su cotidianidad de manera significativa. Incluso el problema más imperioso para nuestra especie, la destrucción planetaria causada por la modernidad capitalista, sigue siendo para muchas personas una serie de informaciones aleatorias en la televisión, un tema más. Esta pandemia no. Esta ha irrumpido de muy diversas maneras en la vida diaria de una enorme cantidad de personas a nivel mundial. O como se gusta tanto decir: “nos ha tocado a todos”, eufemismo que oculta el hecho de que no hay nada que nos toque a todos por igual.
Por ello difícilmente hablamos de otra cosa que no sea la pandemia. Heme aquí, masajeando aquello que “nos toca a todos”. O más bien, de lo que nos toca a todos de una manera anormal, palpable, fácil de señalar, a diferencia por ejemplo de los ciclos de la economía y los conflictos políticos que nos determinan como fuerzas invisibles pero poderosísimas. La Violencia aun habita nuestras pesadillas, la Guerra Civil se encuentra detrás de los ojos del pueblo español, no hay un momento de nuestro día en que los efectos de la carrera espacial no nos atraviesen, los compuestos químicos de las guerras del siglo XX hierven bajo nuestras pieles.
Tenemos una gran capacidad para señalar lo evidente que usualmente deviene en costumbre de revolcarnos en las superficies. Añádase a esto nuestra incapacidad para salir de nosotros, de nuestros encierros de siempre. Si no “nos toca”, no lo percibimos. Los niños destrozados por las bombas en Yemen y en Siria, los líderes sociales del Cauca “no nos tocan”. Mucho menos nos tocan los muertos del siglo XIV y de 1918. Vidas vividas intensamente, muertes igualmente intensas son invalidadas por el tiempo y la distancia.
Nuestra comprensión del espacio-tiempo humano es limitadísima. Más allá de los dos metros, el abismo. Y no me refiero solo a la comprensión racional de fenómenos históricos sino más explícitamente a nuestra empatía por otros que, como nosotros, tienen un sistema nervioso que los deja al amparo del dolor, como el nuestro, pero que se encuentran más allá de nuestro horizonte inmediato. Cuando era un niño se me hacía difícil concebir que todas las otras personas vivieran como yo, sintieran como yo. ¿Cómo concebir otros como yo por debajo de la piel? Fantaseaba con que fueran máquinas envueltas en trapos.
Un poco como esta cuarentena, vivimos atrapados en un presente inmutable. Habitamos el presente como en un paréntesis en la historia que, creemos, no se parece a nada más que haya pasado antes, a nada que pueda pasar en otras geografías y quizás más importante, a nada de lo que pueda pasar en el futuro. Soy historiador. Mi principal preocupación es el futuro. Me preocupa el futuro porque soy historiador. Honestamente pienso que la comprensión del pasado debería conducirnos a la idea de que aquello que pasó antes puede pasar después y puede pasar ahora. De lo contrario, en lo que se refiere a nuestra capacidad de aprendizaje histórico, las tragedias del pasado habrán sido en vano.
En los últimos años, la neurociencia ha observado de manera más definitiva un hecho del que ya sabían no tan a ciencia cierta: que nuestra capacidad para imaginar se alberga en la misma región del cerebro donde se alberga nuestra capacidad para recordar.[3] Si digo entonces que necesitamos imaginación estoy diciendo que necesitamos memoria.
El pensador indígena Ailton Krenak ha observado recientemente sobre la destrucción ecológica global que ellos, los indígenas, vivieron hace mucho tiempo lo que el resto de nosotros se apresta a experimentar apenas ahora. Para ellos el fin del mundo llegó en el siglo XVI (o fim do mundo foi no século XVI) en la forma de una ruptura total del espacio tiempo histórico, en el cual, vale la pena recordar, los virus jugaron un papel crucial.[4] Ese mundo sucumbió, como no hay ninguna razón para no pensar que puede pasar con el nuestro, ante las enfermedades, la esclavización y el despojo. Desesperación generalizada, el rechinar de dientes bíblico, es decir allí, con participación bíblica.
Estamos lejos de prestar la suficiente atención a eso. Estamos atrapados en nosotros mismos, en el aquí, en el presente como si el horror fuese una imposibilidad fenomenológica, como si nunca hubiese tenido lugar, como si no estuviese teniendo lugar justo ahora justo enfrente de nosotros.
Con todo, se advierte. Algo en nosotros lo sabe. Cunden la confusión y el miedo social.
Y no me refiero a los que corren desesperados a construir bunkers y comprar armas o los que inician la huida re-ancestralizadora de la ciudad, aunque de eso también hemos visto. La confusión y el miedo mayores son los que se enquistan en el espíritu del día a día, principalmente para aquellos que no tienen nada, no saben porqué no tienen nada, no saben nada, no saben qué es lo que hay que saber, no importan y no les importa.
Decir que esta confusión y este miedo son consecuencia del virus es hablar a medias. Empecemos por lo obvio: las andanzas del narco-gobierno actual, la limpieza social, la corrupción institucionalizada, la monstruosidad militar, la guerra a la paz, la brutalidad para los hambrientos, el autoritarismo, las ya normalizadas escaramuzas geopolíticas, etc. ¿Qué esperábamos? ¿Qué el sistema financiero y sus marionetas se olvidaran de los millones para ocuparse de salvar vidas?
Sigamos con lo que ignoramos: los entramados gangsteriles del sistema de salud y de los bancos, los negociados entre países, potencias, corporaciones y organismos multilaterales, los límites entre los negocios corporativos tanto legales como ilegales y la vida pública. ¿Y la vacuna? ¿y cómo entramos nosotros, habitantes de una nación limosnera, ahí cuándo ella aparezca?
Pero es precisamente por lo que ignoramos, más que por lo que está ahí a ojos de todos, que el Corona ha empelotado al sistema capitalista hasta dejarlo en viringas. Es tal la magnitud de nuestra ignorancia que no podemos ignorarla. Cuando más turbias están las aguas, más difícil es negar que el río está revuelto o que Hidroituango lo está matando. Esta confusión solo nos recuerda una vez más que siempre estamos confundidos, que no importamos, que, para parafrasear retorciendo a Thatcher, no hay tal cosa como la democracia. Tan profundo es el océano de lo que se nos oculta que solo nos queda pensar siempre lo peor. Como decía un grafiti en la Nacho hace varios años: “somos el culo del mundo y no sabemos lo que piensa la cabeza”.
Más que el virus por sí mismo, lo que mata es en primer lugar la estructura, el sistema productivo y en segundo lugar la ineptitud y el desprecio por la vida humana desde el estado. Así se configura la masacre. La confusión y el miedo son para los que tienen que trabajar para sobrevivir, para los que están entre el hambre y la enfermedad. Es más que claro quienes son los llamados a poner los muertos del Corona, de los huracanes, de la falta de agua, de la deforestación y del calentamiento global. Bienvenidos al futuro del capitalismo del exterminio. El Corona, un verdadero shock global, pareciera el primer experimento a escala planetaria de este capitalismo exterminador.
Pero por sobre todas las cosas, se entreve, es imposible no notarlo, la destrucción multidimensional de la naturaleza, de los ecosistemas, de los paisajes, la alteración radical del clima, la extinción masiva de especies, el derretimiento de los polos, la acidificación de los océanos, la contaminación petroquímica a escala global, etc., fenómenos que configuran una destrucción planetaria, avanzan, irrevocables, sobre nosotros. O mejor, desde nosotros.
Este acumulado de fenómenos constituye una seria amenaza para la sobrevivencia de la especie como un todo, pero no parece inmediata. Así como con la pandemia en Estados Unidos y Brasil, la catástrofe planetaria se niega, se invisibiliza, se minimiza y se normaliza. Se asume que desaparecerá, como por milagro. Si alguien se quiere hacer una idea gráfica de la visión desde el poder de la catástrofe planetaria, véase las absurdas declaraciones de Trump sobre la pandemia: desaparecerá por milagro, lo conseguiremos, somos buenos en eso, estamos haciendo un gran trabajo y, en últimas, quizás, haya que inyectarse desinfectante.
Y así como el gobierno norteamericano se deshizo de las herramientas que le servirían para enfrentar e incluso advertir la pandemia, la sociedad planetaria ha estado descomponiendo durante los últimos 40 años, en virtud de la imposición del neoliberalismo, el único espacio en el cual podríamos desarrollar estrategias sensatas para enfrentar la catástrofe: la política.
De la política como el ejercicio mediante el cual los individuos y grupos sociales se ocupan de la res-publica apenas quedan como costras los símbolos (George Carlin: to the symbol-minded). La política ha sucumbido al capital, en particular al capital financiero llegando a su fin de manera unilateral la contradicción entre un sistema económico intrínsecamente oligárquico y un sistema político discursivamente democrático. En el mundo privatizado, desregulado para las corporaciones, vivimos en una oligarquía global con variaciones locales. Lo común, lo local, lo social, lo público, lo de todos, bajo fuego. Por eso la incapacidad global frente a la pandemia y frente a la destrucción planetaria.
Entiéndase que no me parece que el sistema imperante de dominación político-económico haya fracasado frente al Covid así como frente a la destrucción planetaria durante medio siglo. Es que no está ahí para eso sino para hacer crecer las cuentas bancarias del poco por ciento. Y por ello lo que se configura es un exterminio de clase, de raza y de edad. Exterminio para los venezolanos varados en cualquier país de América Latina, para los migrantes enjaulados como animales a la sombra del muro, para los vendedores ambulantes, para los pueblos indígenas.
Los paralelos entre la destrucción planetaria y la pandemia del Covid-19 son conmovedores. Ambas desnudan unos sistemas de gestión humana anquilosados, ambas han dado pie al maltusianismo y al anti-humanismo: “nosotros somos el virus”. Por lo mismo, las dos son caldo de cultivo para el fortalecimiento del ecofascismo. Para enfrentarlas se han hecho propuestas demenciales: mientras el presidente norteamericano propone que la gente se inyecte desinfectante para pisos, los geo-ingenieros proponen alteraciones profundas a escala global con consecuencias impredecibles para enfriar el planeta. Perdón: para poder enfriar el planeta artificialmente sin tener que dejar de calentarlo. Makes any sense? Ambas desnudan la irracionalidad de nuestro modo de vida. Ambas, finalmente, se transmutan en exterminio si es que no se implementa una alteración radical de ese modo de vida.
Encarnar los infiernos de la historia, entender que lo ominoso es real, es advertir peligros existenciales como los que estamos atravesando ahora. Para ello hay que proyectarse más allá de los limitados horizontes espacio-temporales actuales. Pero no es una obligación ser historiador ni geógrafo para entender el exterminio tanto en el Covid-19 como en la destrucción planetaria; hace falta apenas atreverse a mirar a los otros.
Ir más allá de nuestros referentes espacio-temporales de nada sirve si no vamos más allá de nuestros horizontes existenciales y eso solo lo podemos hacer reconociendo al otro, a los otros y la naturaleza a la que pertenecemos; reconociendo que los otros no son máquinas envueltas en trapos, que hay otros allá afuera que son como nosotros, que la sociedad sí existe. Siglos de propaganda liberal contractualista no han cambiado un ápice nuestra dependencia del otro, nuestra naturaleza social. Naturaleza como sustantivo aquí. Somos seres de la naturaleza social.
En cierto sentido, la catástrofe ecológica nos la está haciendo más fácil: su negación se nos hace cada vez más insostenible. Vamos viendo que la cosa es en serio, que la destrucción planetaria no es una proyección hacia el futuro, sino que está pasando aquí y ahora. Ni bien conseguimos salir de la negación y nos enfrentamos al obstáculo siguiente, la normalización.
Hay que levantar la cabeza para ver los resultados de la masacre; de lo contrario, la muerte inconsciente, la esclavitud y el exterminio. Pero también hay que reconocer culpables. Para ello hay que aprender a señalar lo que no sabemos, adivinar lo que se nos oculta, entender que todo lo que escuchemos del poder es justamente eso que el poder dice, pero todo lo contrario. Si el poder dice que estamos bien es porque estamos mal, si el poder dice que estamos preparados, es porque no lo estamos, si el poder dice que no, entonces sí.
El que tenga ojos y oídos, pero no asco, que vea y escuche. Y la verdad es que mucha gente está perdiendo el asco. A pesar de las fake news y de la intensa propaganda oficial, la gente hoy está en un nivel de radicalización que no se veía en décadas. Advertimos de qué se trata todo esto al fin: la lucha por la sobrevivencia en el siglo XXI.
Una versión preliminar de este ensayo fue publicada online en 2020. Esta versión final es de 2021. Véase: Desde la peste: reflexiones para el largo momento presente, Juan Sebastián López y Mayra Alejandra García (editores académicos), Ediciones USTA, Bogotá, 2021: https://repository.usta.edu.co/handle/11634/43105
[1] D. McNeil, “Scientists were Hunting for the Next Ebola. Now the U.S. has cut off their Funding”, The New York Times, 25 de octubre de 2019. Recuperado el 17 de Julio de 2020: https://www.nytimes.com/2019/10/25/health/predict-usaid-viruses.html?auth=login-email&login=email
[2] Ecologistas en acción, “Biodiversidad y salud humana”, 6 de abril de 2020. Recuperado el 17 de Julio de 2020: https://www.ecologistasenaccion.org/140189/biodiversidad-y-salud-humana/
[3] D. Schacter, D. Rose Addis, & R. Buckner, “Remembering the past to imagine the future: the prospective brain”, Nature Reviews Neuroscience, 8, septiembre de 2007, pp. 657-661. Recuperado el 17 de Julio de 2020: https://www.nature.com/articles/nrn2213
[4] Ailton Krenak, “A humanidade que pensamos ser”, Ideias para adiar o fim do mundo, Companhia das Letras, São Paulo, 2019, p. 71.